Cali, ciudad de malabares

Cae la tarde en la ‘Sucursal del cielo’ y los rayitos de sol iluminan sus calles. Una fuerte oleada de calor sucumbe los cuerpos de aquellos habitantes que residen en esta ciudad.

 

Calor que provoca que en ciertas ocasiones, los ciudadanos hagan una pausa para tomarse un ‘Champús’ o comerse un ‘Cholao’ en cualquier puesto de algún vendedor ambulante, o simplemente hacer una pausa en un árbol para descansar del trajín característico de una ciudad que está en constante movimiento.

En la Carrera 100 con Avenida Pasoancho es común ver asentados varios vendedores ambulantes, limpiavidrios y malabaristas.

Allí, Cristian Rueda, llega todas las tardes en su bicicleta ochentera. Este joven, de 27 años, nacido en la ciudad de Bogotá, diariamente realiza diferentes manifestaciones artísticas con pelotas, diablitos, y otros. Aunque su barba le tapa prácticamente toda la cara, Cristian con una enorme sonrisa refleja gran pasión por lo que hace. Pues, desde los 15 años se enamoró del malabarismo.

“La primera vez que tuve contacto con los malabares tenía 15 años. Eso fue en Bogotá, pues yo estaba en la ventana de mi casa viendo a dos personas haciendo malabares. Ese día recuerdo que dije que cuando tuviera un elemento de esos, me iba a dedicar a ello”, afirma Cristian, mientras agita sus manos para realizar una maniobra.

Es inquieto con sus manos, siempre espera a que la señal esté en rojo para pararse en la cebra del semáforo de Univalle y, de esta manera, plasmar con sus habilidades un arte que requiere mucha destreza. Aunque por cada obra que realiza, recibe una bonificación monetaria, él no contempla esto como un trabajo, sino como una manera de poder jugar con cada uno de los instrumentos que posee a la mano.

 

La hora pico​

 

El reloj marca las 4:00 p.m. y el semáforo está en verde. Los carros transitan por esta avenida a altas velocidades, mientras tanto, Cristian espera pacientemente a que la luz vuelva a estar en rojo. Ya le tiene calculado el tiempo a este semáforo. No se desespera, y mientras eso sucede, él sigue trabajando en su próxima obra.

Pasan los minutos y la luz roja del semáforo se enciende. Cristian se alista para realizar su próxima manifestación artística. Primero, saluda al público espectador con un movimiento bastante peculiar. Después, ajusta un poco su gorra para cubrir sus ojos del sol incesante. Entra en acción y mueve sus manos rápidamente de un lado a otro, para que las bolas besen el aire de manera sincronizada y, mientras eso sucede, varios ciudadanos presencian el acto. Los que más se animan son los niños, pues con cada acrobacia que él hace, ellos aplauden y quedan sorprendidos con lo que este malabarista ha realizado.

Llegan los aplausos de algunos conductores y pasajeros, alguna que otra seña que le hacen para decirle implícitamente que les gustó el show y la anhelada moneda con la que este joven puede llevar sustento a su hogar.

Por el contrario, otros se limitan a subir el vidrio de la ventana de su carro, cerrando la posibilidad de que exista alguna relación visual o verbal con Cristian.

 

El fin de la jornada

 

Cae la noche, y con ella van llegando las despedidas. Cristian con sus manos recoge cada uno de los elementos con los que hace sus malabares. Las bolas y los diablitos son guardados como un tesoro en la maleta, que después irá a la canasta de la bicicleta. Sonríe, y termina diciéndome: “El mejor día de mi vida fue cuando escuché a un niño decirle a su papá que quería ser como yo. Ese día entendí que mi vida tiene mucho sentido”, concluyó.

En Cali, existen muchas personas que miran con buenos ojos las manifestaciones de arte callejero que se expresan en las principales avenidas de la ciudad, puesto que, lo ven como una buena oportunidad para crear nuevas dinámicas sociales, las cuales son de vital importancia para formar espacios donde se mezclen el arte, la diversidad de pensamientos y la inclusión.

 

 

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