Hace un par de años atrás siempre veía por el televisor viejo de mis abuelos a un
grupo de jóvenes con camisetas azules con el logo de una casa, estos jóvenes
construían casas de madera. Yo siempre tuve la pregunta de por qué y para qué lo
hacían; solo sabía que se llamaban ´Un techo para mi país´. Las respuestas a mis
preguntas las tuve años más tarde.

Hoy, ha pasado no sé cuánto tiempo y su nombre cambió a TECHO, y ya tengo
claridad de las razones que movilizan a más de mil jóvenes a nivel nacional e
internacional para construir esas casas: combatir la pobreza y desigualdad social.

Fue hace exactamente dos años que me di cuenta qué era TECHO, cuando
Sebastián, un amigo de la universidad, estaba en el semáforo del PEPE GANGA
del sur, pidiendo monedas en alcancías en forma de casas, junto a él habían
varios hombres y mujeres con camisetas de TECHO, algunos con llamativos
adornos como pelucas, narices de payaso o gafas ostentosas.

Al otro día le pregunté qué estaba haciendo ahí y me contó de manera muy
superficial y breve. Yo quedé con ganas de saber más. Un año después y no sé
por quién, me enteré que por el fin de semana siguiente habría una COLECTA de
TECHO, la actividad a la que Sebastián había asistido un año atrás.

Me mandaron un link, me inscribí y asistí con Hamilton un parcero de la U a quién como a mí, el cuento del cambio social también lo mueve.

El punto que nos tocó fue en el semáforo de la Roosevelt, ahí llegamos y estaban varios
voluntarios con los llamativos accesorios que vi aquella vez. Nos acercamos y ellos
muy amablemente nos recibieron, nos indicaron qué había que hacer y nos
pasaron varias alcancías.

Después de varias horas de sol, bulla e ignoradas de las personas a las que le
pedíamos monedas, la jornada terminó con éxito y yo quede con ganas de más,
mucho más.

 

Colecta

 

Al siguiente año ya sabía cuándo eran los días de colecta y gracias a Santiago y Valeria,
otros parceros que trabajan con TECHO, asistí y me inscribí al mismo
punto. Hicimos lo mismo, pasar por en medio de los carros con carteles llamativos
de colores alegres a pedir monedas, también a todo el que pasara por donde
estábamos, haciendo una denuncia pública de la situación de extrema pobreza y
desigualdad social que actualmente hay en varias comunidades del país.

Bulla, cantos y mucha algarabía hicimos los que estábamos ahí. El jefe de ese
punto era Juliana, una pelada que no mide más de un metro cincuenta, pero que
tiene la energía y pulmones de alguien de dos. A ella le conté mis ganas de
pertenecer a TECHO, ella me comentó las áreas que habían y de todas las que
me nombró me quedé con comunicaciones; pues era el área que tenía afinidad
conmigo y a la que posiblemente le podía aportar.

Santiago era el coordinador de comunicaciones en ese entonces y el tipo ya me
había comentado lo que hacían y me hizo énfasis en que BASTANTE CAMELLO
había en esa área, me enredó y me dijo que me vinculara.

Fue meses después que lo hice gracias a los absurdos poderes de
convencimiento que tenía Valeria, quien para ese tiempo se estrenaba como
nueva coordinadora de comunicaciones. Ella me enredó mucho más y empecé a
ir a la oficina, la primera persona que vi fue a una nena morena de sonrisa grande
y cabello crespo aún más grande. Que lleva por nombre Clara y por apodo “la
negra”, “Clarita”, “Claris” o como le digo yo “La crejpa”.

Mis visitas fueron una vez por semana para reunirme con Valeria y otros voluntarios a
planear lo que haríamos. Como Valeria estaba estrenando su cargo, los
quehaceres no se hicieron esperar y se cruzaron con los parciales y demás
compromisos que implica ser universitario. Esto hizo que nos dejáramos de ver y
trabajáramos desde casa.

Se acercaban las construcciones de grupo interno y Julián, el director de TECHO
Cali me invitó, y Valeria aprovechó para decirme que había bastante para trabajar
desde comunicaciones.

 

Dos noches y tres días con la gente de TECHO

 

El día de las construcciones llegó, el punto de encuentro era la oficina a las 6:30
de la tarde. Varias personas llegaron con su ‘chingue’, es decir sus maletas, sus
pertenecías y todo lo necesario para estar en el mirador de Yumbo, la comunidad
donde íbamos a construir. Éramos alrededor de 24 jóvenes entre hombres y
mujeres.

Partimos hacia El Mirador, llegamos a la escuela de la comunidad. Ahí hicimos
una cadena humana para bajar todas las cosas que traíamos en el bus: maletas,
mercados, y toda la herramienta que se usa para construir.

Después de eso hicimos actividades de integración en las que nos presentamos
y decíamos por qué estábamos ahí, yo solo dije que me gustaba lo social y era
nuevo en la experiencia.

Al momento de dormir nos acomodamos en los dos salones que nos prestaron,
ahí la mayoría infló sus colchones y otros como yo, buscamos a alguien que nos
diera un pedacito para descansar, porque la jornada que nos esperaba era brava.

Sobre las 5:30 de la mañana, y después de una madrugada fría y lluviosa, un
parlante con canciones en inglés a todo volumen nos despertó indicando que la
jornada había empezado.

Dos personas se encargaron de la intendencia, es decir, los responsables de los
aliños, la papita, los carbohidratos, el desayuno y la comida, y de que la escuela
mientras estábamos allá, permaneciera limpia.

Desayunamos y nos dividimos por grupos liderados por un jefe de cuadrilla quien
era el encargado de la construcción de la casa. A mí me tocó con Cristian un
pelado alto que lleva mucho tiempo en TECHO, él era el responsable de que los
que íbamos a construir estuviéramos seguros y además era el que lideraba la
construcción, dándonos indicaciones, y presentándonos con la familia.

La jornada de construcción empezó con un caluroso saludo de la familia,
charlamos un rato y después Cristian se aseguró que todas las partes de la casa a
construir estuvieran completas, se siguió con mediciones por todos los lados, que
a decir verdad yo no entendía y hoy sigo sin entender. Después hicimos división
de responsabilidades, Cristian volvió a aclarar dudas y empezamos a hacer
huecos.

Después de haber hablado con la familia y de ver su interés en ayudar a construir
su vivienda, me di cuenta que TECHO se alejaba del asistencialismo que muchos
creen y critican sin conocer, además también conocí en detalle cómo se trabaja
con la comunidad, con sus líderes comunitarios y mesas de trabajo. Entendí que
son ellos mismos que se unen para buscar solución a sus problemáticas y que
nosotros, los voluntarios, solo somos un complemento que visibiliza sus
condiciones de vida.

La jornada de construcción fue ardua porque las condiciones climáticas no eran
las mejores, hubo lluvia y el suelo se convirtió en un barrial intransitable. Sin
embargo, le seguíamos dando sin importar la lluvia o el sol que se asomaba de
vez en cuando.

La familia nos hizo almuerzo, y ¡qué almuerzo!, después de eso continuamos y
terminamos nuestro primer día de construcción cansados, sucios, con hambre
pero con el alma llena de amor y la buena energía que transmitían los vecinos cada
vez que pasábamos por sus calles y nos saludaban con una emoción y sonrisa
inmensa.

El día terminó con miles de anécdotas, chistes, charla y la partida del pastel de los
10 años de TECHO. Yo estaba fascinado escuchando la historia de cada uno de
los voluntarios viejos, que contaban cómo habían llegado a TECHO y porqué
seguían ahí y quizás seguirán.

Al día siguiente fue lo mismo, buena música mañanera, desayunito y para la
construcción a seguir dándole.

Mientras caminaba de la escuela a la construcción podía observar las condiciones
de pobreza en las que vivía el barrio y me preguntaba cómo podían vivir así, pero
también me preguntaba yo qué estaba haciendo para cambiar eso. Llegué a la
conclusión de que solo con trabajo colectivo y dejando de lado los egoísmos, se
pueden cambiar las cosas o por lo menos cambiar el mundo de algunas personas.

Continuamos con la construcción, esta vez con un ritmo más rápido pues era
nuestro último día y había que procurar terminar el modulo habitación de
emergencia, como se le conoce oficialmente a la casa. Trabajamos de la misma
manera, unos pintaron, otros ayudaban a poner pisos y después entre todos
pusimos las paredes, y los más experimentados se subieron a poner la parte del
techo.

Finalmente, con la puesta de sol, cansados pero felices, terminamos, cumplimos
con el objetivo y construimos la casa de mano de la familia. En dos noches y tres
días supe qué era TECHO, qué era construir, cómo funcionaba esta organización
y comprendí a dónde iban a parar las donaciones que se recogían en Colecta, la
actividad a la que asistí y de la cual hoy puedo decir: con TECHO me quedé.

 

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